@KlenyaMorales en Twitter

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viernes, 20 de abril de 2012

Atrapada (Cuento en tres actos)

Mi historia no es una historia normal.  Tampoco lo es la historia de nadie que yo conozca. 
La verdad no importa mucho qué es lo que hago, o si lo que hago tiene que ver con lo que soñaba hacer cuando era pequeña. Tampoco importa mucho de donde vengo, pues las cosas que me pasaron, me pasaron porque yo soy yo y punto.  A ustedes les queda creerme o no.  Y si no me creen, por lo menos aprendan las lecciones que yo aprendí.
En la historia hay un chico.  Bueno, está bien;  ya sé que siempre hay un chico.  Pero este no solamente es el chico.  Se llama Diego.  El hombre.  El único. El que siempre fue. Del que nunca debí desviar mis ojos.  Uno en un millón. Diego, Diego, Diego… y al decirlo de nuevo su nombre comienza a perder el significado; parece no decir nada;   parece disolverse como azúcar en una taza de té.  Comienzo mi relato sabiendo que lo volveré a perder, como ya lo he perdido muchas veces y de muchas formas.
Y es que Diego viajará a Europa  este verano para hacer un doctorado en algo de lo que ya se me olvidó el nombre.  Y yo no estoy en sus planes inmediatos. Estoy totalmente fuera de control, estoy tan fuera de mí que no me es posible alegrarme por su superación personal.  ¡Al diablo con su superación personal! ¡Yo lo quiero a mi lado!
En otro tiempo pensé que amores anteriores habían sido las verdaderas y únicas historias de amor.   Lejos estaban aquellas mil y un historias de ser, ni remotamente, lo que me pasó con Diego.  Bueno, está bien;  no fueron mil y una, pero no fueron pocas.
¿Alguna vez han sentido que conocen el momento exacto en el que sus vidas cambiaron o se desviaron del camino ideal por el que ustedes querían caminar? ¿Alguna vez han deseado con toda el alma no haber tomado determinada decisión? ¿Se han preguntado qué habría pasado de elegir la otra opción?  Puede tratarse de elegir un bus determinado.  Puede tratarse de la típica elección entre el bien y el mal.  Quedarse una hora más en la fiesta.  Haber bebido menos.  Vaya, qué se yo.  Puede ser cualquier cosa.  En mi caso,  con el correr del tiempo yo identifiqué, o al menos creí identificar el momento desde el cual mi vida pudo haber sido distinta.
Allí estaba yo, en mi pequeño cuarto de estudiante con Diego en la puerta preguntándome que si quería ir a una barbacoa con él.  La verdad, mi corazón de chica plantada—ya que el rompecorazones con quien tenía una cita aquella noche no había aparecido—me impulsó a aceptar la invitación de  sin pensarlo dos veces.  Pero justo cuando estaba a punto de echarle cerrojo a la puerta, el teléfono sonó.  Mi cita de aquella noche al fin se reportaba, y yo no tuve el orgullo suficiente para seguir con mis planes.  Simplemente me excusé con  Diego y salí con el otro.   Ese fue el momento en el que se decidió mi vida y así lo vi por muchísimo tiempo.  En los peores momentos de mi accidentada historia con Diego, siempre le imploré a Dios que me diera otra oportunidad para decidir de nuevo, y entonces lo haría como debí haberlo hecho la primera vez.

Yo solamente tenía 18 años...no se supone que la gente deba jugarse la felicidad a esa edad.  Todavía hoy tengo que preguntarle a media humanidad antes de decidir si cortarme el cabello o no.  Soy horrible tomando decisiones.  Las segundas oportunidades deberían existir.  La máquina del tiempo no debería ser un tema de ciencia ficción o de novela de fantasía.  Las equivocaciones de la gente deberían poder borrarse.  ¿A quién no le gustaría volver atrás y deshacer un error?
Mi cita de aquella noche no sería el amor definitivo de mi vida.  Eso es un hecho.   Otras tantas historias se hilvanaron durante años, enseñándome que muy a mi pesar:

1.      El tiempo no vuelve hacia atrás.

2.      Después de la tormenta miras el problema como si hubiera sido un chicle en el zapato: te molesta,  pero no te impide caminar.

Y, por una u otra razón, Diego siempre estuvo presente.  Supongo que con el tiempo nos hicimos amigos, y a buena hora yo empecé a descubrir que para mí eso no era suficiente.  Y comencé a atormentarme, segura de que en aquel preciso momento del tiempo y el espacio mi vida había tomado un rumbo irreal y confuso.  La luz comenzaba y terminaba a los pies de Diego.

Identificado entonces como el objeto de mi afecto, decidí no dar cuartel a mi objetivo y tejí todas las escaramuzas imaginables para enmendar mi error.   Era un buen momento para atacar.   Acababa de terminar con su primera novia.  Una muchacha muy linda con la que ya Diego había planeado los nombres de la media docena de hijos que quería tener y la que un día sin previo aviso salió por la puerta ancha de la vida de Diego sin mayores explicaciones, y bailando algo más que el jarabe tapatío sobre el corazón del susodicho.  Diego estaba vulnerable y deprimido.  Pero su ex seguía siendo demasiado perfecta como para que él la odiara.

En resumen:  Diego es el amor de mi vida.  Y yo lucho duramente por ser la mujer de la suya.
Mis obstáculos:  Un océano de por medio.  Una historia muy complicada entre los dos.  Mucha tristeza y dos corazones  con mucho que superar para estar juntos.
El remedio:  Borrar el momento de la historia en el que nuestros caminos se separaron.  Volver a empezar.  Juntos  Sin memoria.  Sin recuerdos.
Mi misión: Destruir nuestro pasado.
Mi objetivo: Reducir a mi cita de aquella noche y a su ex novia al plano de no-existencia histórica en nuestras vidas.
Mi lema: El fin justifica los medios
Probabilidades de éxito: Ninguna

Mi fascinación por los viajes en el tiempo tiende hacia lo ridículo.  Aún cuando hay que aprender de los errores, que tu vida es única y tienes que aceptar tu historia y bla, bla, bla, yo sé exactamente en qué momento de mi vida querría detenerme y haber hecho algo totalmente diferente a lo que hice.  La noche del 4 de febrero de 1994.  Y no es que me arrepienta de lo que pasó desde ese entonces hasta el momento en que Diego y yo decidimos intentarlo otra vez...deseé con tanto fervor volver a ese preciso instante en el tiempo...pero no sabía de lo que estaba hablando.
Diego viajará a Europa este verano.  Sí, creo que ya lo dije antes.  Y este noviazgo en el que tanto esfuerzo puse, se irá al traste. Y aun pienso en todo lo que pudo haber sido.  Si tan solo hubiera tomado la decisión adecuada en el momento adecuado.
Bueno, sigo para no perderlos en el limbo de mi complicada mente de mujer. Recuerden que estoy contando una historia rara. Hace unos siete meses, me levanté una mañana como cualquier otra para ir a mi trabajo. La víspera había ido a la  barbacoa de Tomás y leído un libro de esos que no sirven para nada pero que son muy entretenidos.  Había despertado en el medio de la noche con la ansiedad que produce la sensación de  no poder respirar, no poder moverte, no poder gritar y estar consciente del mundo que te rodea.  Luego de esa sensación, usualmente comienzo a rezar todo lo que me sé, pues la experiencia es muy desagradable y desesperante.  Es una  experiencia de esas en las que no sabes si estás si se trata de una pesadilla o si realmente estás despierto, aderezada por la certeza de que hay risas en la lejanía que te hielan la sangre y cacareos de gallina alrededor de tu cuerpo. Y estás sola y a nadie parece importarle un pito si te quedaste atrapada dentro de tu cuerpo. Cuando a uno le sucede algo así, todas tus células se vuelven más sensibles y tus sentidos se agudizan.  Luego viene el paulatino despertar de tu cuerpo cansado de luchar contra esta fuerza invisible que te invade y te domina...y el silencio vuelve.  Quizás haber cenado cantidades indecentes de carne asada en la casa de Tomás no ayudó mucho. 
Desperté en un lugar que me era familiar, rodeada de cosas que conocía, sabiendo lo que sé ahora,   pero con el detalle incómodo de que hacía mucho tiempo que yo no estaba en ese lugar familiar.  Es decir, sabía  dónde está,  dónde estaban las cosas que buscaba,  pero al darme cuenta de lo extraño de mi presencia en ese sitio, de nuevo, sentí náuseas y ganas incontenibles de vomitar.  Y desde luego sabía dónde ir a vomitar, pues conocía el lugar.  El terror me invadió mientras sentía que devolvía las entrañas.   Acerté a mirar  mi cuerpo, a mi alrededor, sin poder  creerle a la información que me llegaba desde mis cinco sentidos. Al mirar mis manos se me bajó la presión y caí de rodillas al piso. Confieso que jamás deseé tanto ver aquellas cicatrices en mis muñecas, como en aquel momento.  Hacía unos  dos años que tenía las tenía –de un desesperado intento por salir de una depresión.  Esas marcas hasta hoy me recuerdan que todo tiene una solución,  hasta las cosas más definitivas.  Pero explicar todo aquello me sacaría un poco del tema que les estoy contando.
Horrorizada, vi que mi piel estaba intacta, sin huella del desastre  epitelial con el que pude haberme despedido de todos mis problemas.  A esas alturas yo ya repasaba en mi mente la noche anterior en busca de una reminiscencia de parranda o sus derivados que me estuviera haciendo pasar a través de esta pesadilla...Me levanté suavemente del piso frío del baño y casi sin fuerzas me miré al espejo…de puntitas, pues nunca lo alcancé.  La adrenalina se volvió a disparar por todo mi cuerpo y el pulso se me aceleró hasta el infinito.  Estaba tan pálida como si no quedara una gota de sangre en mi cuerpo.
Mi cabello castaño oscuro, cortado hacía pocos días, caía de una manera no muy feliz por encima de mis hombros, con ciertos destellos de un rubio, que hacía tiempo había dejado de ser parte de mi look.  No había en mi cara rastro del acné de adulto que había sufrido y tenía un par de libras menos...por lo demás podía decirse que era relativamente la misma.  Era mi cuerpo, pero era mi cuerpo de antes. Antes de qué exactamente…eso me tocaba averiguarlo. 
Miles de ideas se agolpaban confusamente en mi cabeza. Estaba tan asustada…! Poco a poco fui consiguiendo tranquilizarme.  Decidí  recostarme de nuevo, mientras se me aclaraba el panorama.
 Debían ser alrededor de las 6:45 de la mañana,  en mi nuevo horario biológico, de cualquier día de la semana.  Estaba totalmente segura de que se estaba en el primer apartamento de estudiante en el que viví, a inicios de mi vida universitaria,  al que no he vuelto desde que le  entregué las llaves al casero, hace algo menos de 10 años.
 Las películas que he visto y las novelas que he leído me indicaban que el próximo paso lógico para alguien que se encuentra en un tiempo diferente, era el de conseguir un periódico del día para establecer en qué instante del universo se encuentra uno.   Solamente así confirmaría mis ya fuertes y bien fundadas sospechas: estaba en mi cuerpo y en el espacio que ocupaba mi cuerpo al principio de mi vida estudiantil.  El tan anhelado rebote del tiempo me había sucedido a mí...y no tenía idea de qué hacer.
Esta situación era lo que había estado esperando por toda mi vida, lo que de alguna manera había deseado con todas mis fuerzas, y si mis cálculos eran correctos estaba justo en el momento en el que quería estar.
Ahora cambiaré la narración a presente para que puedan seguir mejor mi línea de pensamiento, como se dice en el 2004 “en tiempo real”.  Me volteo hacia la litera y no veo a nadie. Miro hacia el teléfono, ardiendo en deseos de llamar a Diego para suplicarle que me ayude, pero la verdad no tengo un panorama suficientemente amplio de la situación como para llamarlo.  No sé cómo responderá.  Sé que su número  es el mismo,  pero no sé a ciencia cierta en qué términos se encuentra nuestra amistad en estos momentos.
Enciendo el televisor sin pensarlo mucho, calculando que para mediados de los 90 ya existía la televisión matutinísima en Panamá.  Las letritas amarillas al pie de la pantalla certifican mis temores:  Martes 1 de febrero de 1994.
Para este momento se me vuelve a bajar la presión, cierro los ojos, me tiro sobre la cama y comienzo a desear que todo sea un sueño, que todo sea un sueño...Despiértate,  niña! No puede ser, esto va contra la lógica, contra las leyes de la naturaleza y del Universo...y nadie puede contrariar al Universo sin pagar las consecuencias.
 Esto es más que increíble.  Mi mente recuerda toda mi vida actual, en la que soy feliz, hice todos mis exámenes, sustenté mi tesis, tuve unos diez trabajos,  rompí un par de corazones y me rompieron el mío.  Sigo sabiendo quiénes han ganado los tres últimos mundiales de fútbol.  Me pasaron mil trastadas, y todas las superé.   Logré hacer que Diego estuviera a mi lado....y ahora estoy en mi estúpido pasado a seis años de mi propio presente con todo por delante de nuevo! ...sin código de ética sobre cómo actuar, sin conocimiento exacto de la existencia de mi homóloga[1] en el 2004, sin saber hasta dónde se extiende mi capacidad para predecir lo que va a pasar, o si estoy en mi misma historia o en un universo paralelo en el que la historia o en un universo paralelo en el que la historia  está por escribirse. ¡ Dios mío…! Tanto haber deseado estos momentos para tener esta sensación de miedo que me recorre las venas….!
Si todo esto es un sueño, igual me está pareciendo la más espectacular y horrorosa de las realidades, y si es realidad, tampoco tendré otra opción que seguir adelante con mis angustiosos conocimientos del porvenir y reescribir las historias inconclusas de mi vida, dependiendo, obviamente, de dónde me encuentro ahora.¿Qué hacer? ¿Qué hacer, Dios mío? ¡dame una luz! ¿Llamar a mamá y contarle todo el rollo rápidamente?...La pobre me va a mandar a buscar en ambulancia y con camisa de fuerza.  ¿Llamar a Diego y decirle que ya que en el futuro vamos a estar juntos,  por qué no comenzamos desde ahora?  Daría lo que fuera por un shot de tequila.  ¡Estoy atrapada, en mi propio pasado!  Debo asegurarme  de que he cumplido con todos mis deberes en la universidad.  De que no tengo exámenes pendientes.  Supongo que si no me hago cargo de ello,   ¡arruinaré mi presente! ¿Habrán pasado los semestrales?
 Puedo evitar que mi hermano sufra el accidente.  Podré desistir de mi idea loca de matarme y evitarme esas cicatrices. ¿Habrá muertes que pueda evitar? ¿Me podré ganar la lotería?  Esto es un desastre.  Mi presencia en esta realidad va a producir el desequilibrio del fin del mundo.  Me siento sola y decido que mejor me duermo de nuevo y escapo de este mal sueño, y demasiado real para mi gusto.   Agotada,  pienso que uno siempre está solo, de alguna manera...

Perdida

El insistente pito de un carro me va a hacer estallar la cabeza.  Pitas una vez más y te reviento la....
Dios mío, me van a tumbar la puerta…!Déjenme dormir, que estaba soñando con Harrison Ford[2]… quién me explicaba cómo puede nadar hasta Isla Grande y regresar a La Guaira sin que le falte el aire.  La verdad no soy fan de quien personificara a Han Solo, pero era un sueño entretenido al fin y al cabo.
—Párate, rata[3], son las 9:45 y el extraordinario[4] de Ciencias Políticas es a las 10.  ¡Te vas a tener que ir en bus!
Reconocería esa voz en cualquier parte.
—Voy, dame chance— contesté mientras buscaba instintivamente  las llaves en la mesita de noche.
—Por tu madre, vístete rápido, que nos van a fracasar![5]. ¡Mucha gente depende de ti para copiarse!
Casi sin tiempo para reflexionar  me metí al baño y tras un regaderazo muy, pero muy breve, salí entoallada sin la menor idea de que estaba haciendo.  Todo pasaba tan  rápido… Ahora estábamos  corriendo en el Tercel rojo de ella por toda la Vía España.
 Mi reino por una pesadilla peor que la que está tomando lugar frente a mí.  Estoy sentada en el asiento del copiloto de mi loca y desaforada amiga de la Universidad, quien se ha pasado todas las luces  rojas y amarillas;  que anoche se escapó  una fiesta en Coronado y viene casi llegando del arranque[6] para hacer un semestral que no sé ni de qué trata.
Como a Nicole se le antoja que su sedancito es  un 4X4 disfrazado, se estaciona  donde le da la gana.   Nos  bajamos raudas y veloces rumbo al interior de la facultad.  Mi facultad, como casi todas las otras  en la universidad, siempre ha sido una extraña mezcla de revoltosos mercenarios, los cool, parqueando frente al carrito de las burundangas, a quienes rara vez se les ve en un aula,  gente desubicada, y  los cuatro gatos que tratan de aprender algo.  Las mismas caras, los mimos estudiantes sempiternos, las mismas pancartas de “Abajo el que sube y Que vivan los muertos”.  Todos  en el mismo sitio.  Ya frente al salón designado para el examen, me encuentro con la novedad de que el profesor  Vega aun no ha llegado.  Todos mis compañeros están a la  expectativa, dando el repaso de última hora.  (Ese semestre recuerdo haber sacado una honrosa B después de haber leído cualquier cantidad de libros que el profesor nos había ordenado, como ignorando nuestro derecho a tener una vida).
Para tranquilizarme digo que si hay una materia que puede llamarse mía” es Ciencias Políticas, así que dentro del desastre en ciernes,  casi puedo sentirme afortunada.
—Tú estás piladísima, me imagino… ¡tienes una cara de fresca!
Allí está mi casi hermana, Lissy, con su cabello teñido de un interesante...naranja.  La abrazo con todas mis fuerzas ( aún somos muy unidas); acabo de asistir a su boda.  Me mira como si yo fuera un bicho raro y me dice que me tranquilice, que me ayudará en lo que pueda.  Mientras tanto Nicole, que no pierde el tiempo, está situando nuestras bancas estratégicamente una al lado de la otra,   calculando su campo visual hacia el sitio que  posteriormente será ocupado por mis hojas de examen.  (Vaya, cómo extrañaba yo aquellos momentos).
A ratos me dejaba llevar por el flujo normal de las cosas, pero a la vez siento ese  ese mariposeo en la boca del estómago de cuando piensas que las cosas están fuera de control.   Llega el profesor Vega.  En el  examen me va hubiera estudiado.  Cuando estoy casi por entregarlo, siento que el aire se me acaba y que mi silla cae por un hueco profundo sin final.  Por la pequeña ventana  de vidrio de la puerta del salón de clases se asoman un par de ojos en los que intento encontrarme.  Lo que ya no puede ser peor, toma el giro más increíble del mundo.  Nos miramos largamente y todo comienza a dar vueltas a mi alrededor.
El chico por el cual había despreciado a Diego estaba en la ventana, agitando su mano infantilmente para llamar  mi atención.  Me mira con gran dulzura y espera allí hasta que yo termine mi examen.
Era el chico que existía antes de que yo entrara en su vida.  Me miraba con mucha dulzura,  y esperó allí hasta que yo terminara mi examen.

Mi recién iniciado flirteo, parece estar dando frutos.  Ha comenzado a caer en mi juego.  Pienso que tengo que tomar decisiones, y que en adelante cada cosa que haga afectará el transcurso de mi historia, historia que yo conozco.  Curiosa y aterradoramente me doy cuenta de otra cosa: a medida que los minutos pasan, mis recuerdos van convirtiéndose en recuerdos dobles: son dos versiones claramente de la misma historia, sigo recordando las dos versiones claramente en mi ya demasiado atrofiado cerebro,   y no exclusivamente el nuevo pasado.  Es complicado y quizás sea una conclusión muy caprichosa, pero creo que este viaje en el tiempo está siendo un poco más delicado de lo que pensé.  Si mis cálculos son correctos,  al llegar a mi último día en la realidad que vivía anoche recordaré las dos ediciones de la historia como si ambas  hubieran sucedido.  Podré pasar el resto de los casi diez años que faltan para llegar a mi historia normal  rectificando errores, enmendando faltas, rehaciendo la vida que ya hice e imprimiéndole nuevas equivocaciones y nuevas cosas buenas.  Las alegrías se vivirían dos veces, pero también los dolores. Y aún así recordaré lo que hice mal y me culparé por ello.

¿Quién seré después de todo este parapeto?... ¿cómo será mi alma al aprovechar  esta segunda oportunidad?
“No te desesperes”,  me digo  mientras entrego el examen y camino muy despacio hacia la puerta del salón.  Solo ahora podré tener un descanso.  Estoy tan asustada… ¿Y si en esta segunda oportunidad muero? ¿O me caso con otro? ¿Cómo puedo hacer que las cosas sucedan como quiero?   De golpe recuerdo que la vez pasada había escrito una nota de San Valentín – el de la ventana.  Hoy es el día para entregarla… ¿Será?
César está afuera del salón hablando de cosas intrascendentes con la gente de la facultad.  Viste una de esas horribles camisas de rombos rosados, como la que tenía puesta  cuando lo conocí.   Los  efectos de mi buen gusto aún no se habían materializado en su defectuoso sentido de la moda. Bueno, la verdad es que yo tampoco estoy  vestida como en el 2004.  César se me acerca con esa mirada de conquistador indomable…Advierto que, aunque aún hay mucho por decirse en esa historia  —que no termina en colorín colorado__sus buenos sentimientos y atractivo son suficientes “gancho”  para mí.   
Siento la imperiosa necesidad de correr a casa de Diego.  Tengo que verlo cuanto antes; tengo que decirle que por fin he conocido el infierno que nunca creí que existiera.  Tengo que decirle que me morí mientras dormía y estoy en el Pandemonium que yo misma pedí.  Perdida y condenada a renegar de mis actos y desaciertos.  Sabedora  del  futuro y  esperanzada en poder cambiarlo .
En  un momento de lucidez recuerdo que no tengo carro ni  celular; no hay vislumbre de internet en casa y seguramente no tengo dinero.   Verifico en mi cartera multicolor __Cómo puedo estar usando eso?   ¡—y encuentro un billete de cinco tristes dólares.  César me dirige unas palabras huecas,  en otro tiempo  música para mis oídos.  Sumamente contrariada, le digo que ya me voy, pero en la carrera se me cae un sobre.   El se agacha a recogerlo, mientras yo desaparezco tras Nicole, para que en otro de sus rallies  del terror, me lleve a casa.  En ese  sobre,  dirigido a César Santiesteban, seguramente hay frases de amor.
En el trayecto cambio de opinión el corazón me comienza a latir desaforadamente.
—Nikki, llévame a casa de Diego Valles.
—Y ¿qué vas a hacer  allá, ratita?
—Algo que debí haber hecho hace mucho tiempo.
—Tú sí que andas rara hoy, querida. 
Silencio total.  Si mal no recuerdo, ellos no se conocen casi nada en estos momentos.   Tengo que darle algunas indicaciones sobre cómo llegar.  Al despedirnos me amonesta:
—No se te ocurra irte de la ciudad sin decirme.
—No, Nikki, tranquila. 
La  beso en la mejilla y salgo del carro.
Estoy frente a su casa  y no lo puedo creer.  Afuera está su Toyota Starlet color Crema de Diego. Aún no se lo han robado.  Creo que eso es algo sobre lo que  le puedo advertir .  Miro por los cristales y reconozco a la pequeña criatura ladradora que se acerca a la puerta, con actitud desafiante.    Es la mismísima Figa,  resucitada de entre los muertos.
Me impresiona la probabilidad de que vida y muerte en el juego extraño en el que se han convertido el más reciente período de mi vida.
—Figa, linda, busca a Diego, Dile que ya no puedo soportar no verlo.
La pequeña french poodle  color miel me observa con su carita dulce  y sus ojos escrutadores.  Alcanzo a ver  los pies de un hombre bajando al recibidor.  Mi estado de shock  es algo más que obvio.  Todas las facultades me han abandonado, juro que no sé qué estoy haciendo aquí..
Lo tengo por delante el mismo de siempre.  Sus lentes, sus medias.  Su barba de tres días.  Quizás un poco más delgado.  Un poco más joven.  Un poco asustado.  Con menos tristezas y más ilusiones quizás.  Mi Diego.  El que debió ser mi único amor.  Si mis cálculos no me fallan ya le parezco algo atractiva.  Se supone que dentro de cuatro días me va a invitar  a salir y yo lo voy a rechazar por  César.
— ¡Hola! ¿Cómo estás? Pasa. —Y Figa comienza a mordisquear los lacitos de mis zapatos.
Las piernas  no me sostienen;, los ojos se me llenan de lágrimas.  Él no tiene la menor idea de  lo que va a pasar.  Aún no siente todo lo que va a sentir. Aún no ha aprendido todo lo que va a aprender. .  Y aunque es igual de  encantador de lo que será en diez  años, justo antes de abordar su avión, comienzo a tener una total certeza.   Él no es el hombre del que estoy enamorada.  Le falta mucho dolor y mucha historia.  Quizás  yo  tampoco sea la mujer definitiva.
En mi presente recién abandonado, él está  totalmente cerca de mí.  Es mi primer pensamiento en la mañana y el último de la noche.  Sigo sola, perdida en mi pasado y no sé a donde ir...Rompo a llorar y le pido que me abrace fuerte.
Él se asusta.  Es lo último que se esperaba.  Yo lo miro desde mi mente, diez  años mayor; mi mente encerrada en un cuerpo de 18, y me lo quiero comer a besos, y quiero gritarle que estoy 100% segura de que nos vamos a querer muchísimo y de que vamos a ser felices, así que por favor comencemos desde ya.  Quiero gritarle que no es necesario que pasemos de nuevo a través de tanto dolor e incertidumbre, de tanto error y tantas tristezas y comencemos nuestra historia juntos.  Pero ¿cómo me va a entender?
— ¿Te pasa algo malo? ¿Quieres algo? Háblame, por favor!
Yo  recuerdo que tengo mucha hambre.   Sólo acierto a contestar a mover afirmativamente la cabeza.
Es justo allí cuando empiezo a entenderlo todo.  Es allí cuando se me desmorona el mundo.  Menos de un día en mi pasado me está enseñando la lección que debería haber aprendido hace mucho tiempo.  En el futuro que conozco, con toda mi historia, con todos sus hechos, buenos o malos, con todas sus maravillas y momentos increíbles, con todos mis recuerdos y con todas mis lágrimas derramadas, estoy junto al hombre que soñé para mí.  En ese futuro soy la persona que no sería si no me hubiera pasado todo lo que me pasó. En mi futuro aún lucho por retenerlo, a pesar de toda nuestra historia, pero no se me acaban las esperanzas.  En el futuro al menos tenemos una posibilidad, y si cambio  algún detalle quizás podrían suceder millones de cosas que nunca sucedieron. 
Estoy en ese pasado,  justo a tiempo para no cometer los errores que pensaba que había cometido.  Puedo borrar mi errática vida y sus penas de amor. Y siento ganas de morirme.  Y pienso que no es justo que yo tenga ese poder.  Y me siento sola de nuevo.  Nada de lo que diga o haga borrará mi intención de haber tomado las rutas que tomé o hecho las cosas que hice la primera vez.  Nada de lo que haga podrá cambiar el hecho de que él ame a otra.   Quizás de una manera muy dura entendí que los seres humanos reaccionamos lo mejor que podemos.  Que una primera y única oportunidad es suficiente para dibujar nuestros caminos. La primera vez todos hacemos lo mejor que podemos.
Diego se acerca con unos sandwiches y una  soda de fresa.
—¿Te sientes mejor? — me mira con extrañeza.
—Creo que sí. Gracias.  Y devoro los emparedados con la desesperación de quien no come en días.
Para este momento ya he decidido mi vida.
¿Me podrías prestar algo de dinero, Diego?  Necesito irme a casa.
—Claro ¿cuánto necesitas? ¿Segura que estás bien? Si quieres te llevo al parqueo.
—Te lo agradecería en el alma.  Estaré bien. — Me lleva en su carrito hasta mi casa, a que improvise un maletín, y de allí a la terminal de buses.  Es pequeña y anónima, a mil años luz del centro comercial en que la transformarán.
— Te llamaré durante el verano. —le digo,  con lágrimas en los ojos.  Lo estoy  perdiendo una vez más y él no se da cuenta.
—¿Te vas todo el verano? ¿Y tus clases electivas? —intenta enjugarme las lágrimas.
—Las tomaré  los sábados, durante el año normal
—Vaya.  ¡Qué aburrido...!

Mientras yo compraba mi boleto, él acomodaba mi equipaje en el bus yo lo miraba con amor desbordante.
—¡Cuánto te voy a querer! —me dije.
Él me acompañó sin decir nada hasta que el bus arrancó.  Al despedirnos le pedí  una sola cosa.
 —Sé que todo esto te parece muy extraño. Algún día lo entenderás.  Pero prométeme que no te olvidarás de este momento, de este día. Este es el día en que comenzó nuestra amistad —dije en tono  dramático.
—De acuerdo. Prometo que lo recordaré. —Entonces sonrió.  Con esa misma  sonrisa  que tantas veces me forzó a hacer toda clase de cosas con tal de que fuera solo para mí.
Mientras el bus avanzaba alejándose cada vez más de la ciudad, mi cuerpo cedía  al cansancio, a las emociones y a la realidad de qué, pudiendo, haber cambiado mi destino, no tuve energías para emprender otra ruta y decidí quedarme con la ruta conocida.  Me pesaba el cuerpo pesaba  y el sueño se apoderaba de mí.  En mi mente vibraban una voz, una risa… ¿No era ese tu deseo? ¿Aprendiste?...


La realidad

Diego compró esta tarde su pasaje;  se va con su beca a Barcelona en quince días.   ¡Lo echaré tanto de menos!    Nuestra historia tuvo altas y bajas, y aunque el futuro sea incierto, será una gran marca en mi vida.  Recuerdo cada momento que pasamos juntos..  no puedo creer que esto esté pasando.  Me resulta casi increíble  que él recuerde, como si estuviera viéndonos, en qué instante empezamos a ser amigos.  Parece como si yo nunca hubiese estado presente en ese momento.   Por más que trato, no puedo recordar ese día.
Él me cuenta que hasta escribí un cuento, una fantasía acerca de nosotros y de cómo empezó todo. Valora cada detalle.  Dice que el cuento habla del viaje en el tiempo y toda la cosa, pero por alguna razón no quiere mostrarme el texto.  Quizás surgió en otro plano de existencia que él confunde con nuestro presente.  Quizás  en un universo paralelo en donde algo tan ficticio como el viaje en el tiempo pueda existir.  Todos sabemos que las cosas sólo suceden una vez.



[1] Homóloga: otra yo en ese tiempo incierto en el que aún no sabía si estaba.  El hecho de ver mi cuerpo sin las señales físicas posteriores casi daba por descontada esa posibilidad.  Mi homóloga no tendría otro cuerpo que no fuera el mío.
[2] En el original borrador de esta historia, cometí el error de decir que Harrison Ford había encarnado a Luke Skywalker.  Mi lector, quien conserva la versión original me corrigió a este respecto.
[3] Nombre cariñoso con el que mi amiga me llamaba en momentos como este.
[4] Examen para dar oportunidad a aquellos que no lo habían hecho en la fecha ordinaria.  Una total alcahuetería.
[5] Echar: Reprobar. Fracasar en el examen
[6] Arranque:  Fiesta que se acabo muy temprano en la mañana del día siguiente.

miércoles, 7 de marzo de 2012

2045


14 de noviembre, 6:45 a.m.
Andrea abre los ojos cuando su sueño es suavemente interrumpido
por la música del despertador secuencial, diseñado para
reducir al mínimo el sobresalto causado con la interrupción del
descanso. El despertador está conectado al sistema de luces del
apartamento: al tiempo que vibra, va graduando la luminosidad de
la habitación, de modo que las pupilas de Andrea se acostumbran
poco a poco al nuevo día. La alarma también está sincronizada con
el sistema de sonido del apartamento. Andrea prefiere despertarse
con los clásicos de los 90’s y los 10’s del siglo pasado.
Luego de una ducha rápida, revisa su agenda en el baño
buscando los niveles hormonales de ese día. El resultado de la
lectura le indica la combinación de medicinas que debe tomar para
anular cualquier indicio de irritabilidad o descontrol. — ¿Cómo
vivía mi mamá sin esto? — se pregunta mientras toma las pastillas
del surtidor y se las traga con un vaso de agua, de esos que, cuando
se caen se parten en cuadritos no cortantes.
Andrea se coloca las cremas con filtro solar para neutralizar
los horribles efectos del sol de verano, y camina hacia su armario.
Elige uno de sus uniformes gubernamentales — un sobrio traje
azul marino, de esos que no sabes si es negro, pero que en realidad
no importa — y se viste rápidamente. Su maquillaje clásico,
conservador, — recuerda las tendencias de la moda de mediados
del siglo XX: énfasis en ojos y labios, un estilo minimalista, pero
encantador, que es lo que se está llevando ahora, como evocando
a la mítica Marilyn Monroe.
Andrea es tan delgada como se puede ser sin verse enferma.
Se mira al espejo de cuerpo entero de la sala mientras le da los
últimos toques a su atuendo. Se encuentra lista para un día típico.
Está contenta con lo que ve.
Con el tiempo medido, pasa por la cocina y se toma los
suplementos vitamínicos, supresores de apetito y minerales que
corresponden a sus niveles químicos del día, dispensa agua caliente
y pone una bolsita de té en su taza de gatitos. Las bocinas de la
cocina le recuerdan su agenda para ese día.
1. Pasar por la clínica, revisar las ecografías, firmar el libro
de visitas, conversar con Claudia y cancelar el mes correspondiente.
— Son cinco meses — piensa Andrea para sus adentros
2. Mensaje de Luis Alejandro:
— Me encantas, te mando un beso. Suerte en la clínica,
me cuentas cómo te fue.
3. Reunión a las 9 A.M. en el Ministerio. Revisión del Plan
de Estudios Sociales de Quinto Grado. — Tengo suficiente que
hacer para todo el día.
Tras sorber el té caliente y darle un último vistazo a su estampa
envidiable, Andrea localiza su tarjetero de seguridad, cierra
tras de sí la puerta del apartamento.
Ya en la calle decide que no quiere llevarse el carro y opta
por subir al recién estrenado Metro Vía Europa — Centro Hospitalario
— Ciudad Ministerial. Mientras atraviesa la ciudad lee un
libro de historias fantásticas.
Cuando el parlante anuncia la parada de Centro Hospitalario,
Andrea levanta la vista de su libro. Rápidamente se baja del
Metro justo frente a un edificio con la apariencia de un hotel lujoso.
Fuera de la enorme instalación, un monolito anuncia en grandes
letras doradas “Clínica #0012” y en letras más pequeñas debajo dice
“Fundada bajo la Ley Familiar de 25 de marzo de 2019”.
Andrea avanza por el registro y pide al recepcionista su
audiencia programada con Claudia 17 en la habitación 283. La
enfermera encargada le pide los documentos holográficos de identificación
y, tras unos minutos de espera, el amable recepcionista
le entrega una hoja de control y una placa de proyección que ella
revisa con una amplia sonrisa. ¡Está tan emocionada….! La
lectura de los controles es satisfactoria. Al analizar la placa de
proyección con audio, mientras espera ser recibida por Claudia, no
puede menos que pensar:
— Me encanta este siglo.
El recepcionista le pide que entre al cubículo del intercomunicador.
— Puede usted pasar al apartado de comunicación. Claudia
17 está preparada para la entrevista quincenal.
Sentada frente a la pantalla del intercomunicador como
quien se halla en confesionario, tanto Andrea como Claudia 17
inician la conversación que pueden sostener dos viejas amigas
sobre un tema importante. Hablan de salud, de sueños y del futuro
durante algunos minutos. El rostro de Claudia 17 siempre será un
secreto para Andrea. No hay que crear vínculos.
A Andrea le parece conocer los pensamientos de aquella
mujer a la que nunca conocerá, pero gracias a la cual su existencia
se hace mucho más fácil que la de sus antepasadas.
Tras los treinta minutos quincenales reglamentarios, ya
hacia las 8 de la mañana de un soleado noviembre, Andrea registra
su salida de la Clínica y hace el pago del mes. Le parece un intercambio
justo con su género. Emociones por participación activa e
ilimitada en la sociedad. Le ha tomado menos de una hora ponerse
al día del proceso. Asunto resuelto.
Quince minutos después de su reunión con Claudia 17, Andrea
entra al flamante edificio clásico del Ministerio de Ciencias Educativas.
Los nuevos edificios Ministeriales mezclan armoniosamente
economía y buen gusto. El sector está limpio; se han superado
muchas de las carencias de treinta años atrás.
Ahora trabajar en el Gobierno es un símbolo de status y de
extrema selectividad. Si bien los sueldos en moneda de la Comunidad
Latino Americana no son los más altos del mercado, el grado
de profesionalismo exigido garantiza que el mejor elemento académico
de la nueva organización social atiende los asuntos públicos.
A sus 29 años Andrea trabajaba en el sector de replanteamiento
educacional. Hija de profesionales, tiene dos licenciaturas
paralelas: una en psicología infantil y otra en historia, dos maestrías
y un post-grado en Accesoriedad, la nueva tendencia. Habla español,
inglés global, inglés tradicional e italiano. Está casada desde
hace un año con Luis Alejandro bajo la nueva Ley familiar. Puede
considerarse a sí misma como una mujer realizada.
La mezcla de alta preparación académica y la institucionalización
del control hormonal en la nueva Organización Social del
país han abierto de par en par las puertas a la mujer en todos los
sentidos. Al demoler las murallas emocionales que impedían su
desarrollo y establecer el tan anhelado nivel de igualdad con los
hombres en todos los aspectos, la liberación ha alcanzado niveles
de éxito jamás esperados por las primeras defensoras de los derechos
de la mujer.
— El mundo ha cambiado tanto en los últimos años… —
piensa Andrea mientras recorre rápidamente la galería de fotografías
que lleva a su cubículo. No obstante sus reducidas dimensiones,
éste es muy cómodo, decorado enteramente a su estilo, iluminado
por luz externa con graduación aplicada, lo último en ahorro para
interiores. Allí se siente feliz.
Sobre su escritorio se halla la fotografía del día de su boda.
Luis Alejandro es todo un príncipe azul, un excelente marido. Se
conocieron dos años atrás, ambos deseosos de poner punto final a
su soltería. Decidieron optar por la nueva ley familiar, todo un
éxito desde su instauración hace más de un cuarto de siglo. Forman,
pues, parte de la Generación de familias del Nuevo Régimen
Legal. Se ven 2 veces por semana; los “encuentros personales”
— expresión del nuevo milenio — resultan fabulosos. Los nuevos
matrimonios se instituyen sin las complicaciones de los antiguos,
pero con lo mejor de sus privilegios. Ahora las mujeres no son tan
emocionales como antes. Tienen control sobre sus sentimientos.
Andrea mira una y otra vez la fotografía tridimensional de
su hijo no nacido. Le espera un largo día de trabajo.
En el 2045 todos son simplemente seres humanos con
sueños, aspiraciones e igualdad. La cultura global mantiene las
diferencias físicas entre los sexos a un nivel de aceptabilidad, dado
su papel en el juego de la atracción; pero eso es todo. Cuando las
parejas obtienen la licencia matrimonial, programan sus “encuentros
personales” — para cuándo y por cuánto tiempo. Cuando se
les concede el permiso de paternidad, se verifican sus patrones de
aptitud y se les otorga los pases natales, no más de dos por pareja.
Esta política de familia y natalidad ha resultado un éxito
en Occidente y está siendo adoptada en todo el mundo. Los niños
de la calle han dejado de ser un problema social. Así mismo, las
mujeres carentes de recursos reciben la oportunidad de prepararse
profesionalmente. Como receptoras de material genético, tienen
acceso a todos los cuidados, alimentación, suplementos emocionales
y psíquicos. Se les conoce como Claudias. Las madres de
la nueva era.












miércoles, 7 de diciembre de 2011

Nido Vacío

Otro sábado por la tarde de otra semana, de otro mes, de otro año. Ella está sola en la cocina. No hay para quién cocinar. La casa está vacía. Enciende el aparato de música y toca un disco compacto que alguno de sus hijos dejó olvidado en la casa. Solamente le dejan los que no están de moda. Pero ella los disfruta igual.

Trae puestos los pantaloncitos cortos de alguna de las niñas, los cuales le quedan perfectos, como hechos a la medida. Lleva una camiseta vieja de su esposo, traspasada de minúsculos agujeros y suave al tacto como resultado de muchas más sesiones de lavadora de las que fue diseñada para soportar. Casi puede verse a través de la tela. Camina descalza sobre los mosaicos blancos recién encerados,
tomándose una cerveza nacional, helada. Le encanta que el piso esté inmaculado, pues le fascina caminar sin zapatos. La sensación de polvo en las plantas de sus pies es inconcebible. La casa huele a
limpio y a tranquilidad. Lo que necesitaba. El tiempo de un sábado tiene una magia distinta al tiempo de un domingo o al tiempo de un día de semana. El tiempo del sábado te lleva a más tiempo en el domingo. Las posibilidades de un sábado son infinitas. El tiempo del domingo solamente te puede llevar a un lunes. Quizás es por eso que cuando a la gente le sobra tiempo y las posibilidades son infinitas, suelen decir que parece un sábado.

El vapor sale a presión de las ollas que están sobre la estufa, cada una despide un aroma distinto. Ella ha preparado justo lo que más le gusta. Hongos, papas, remolachas cocidas. La mayonesa adquiere un color rosado al contacto con la remolacha. El apio está picadito pues a ella le gusta el sabor que le da a la ensalada rusa, pero no más no soporta sentir el crujir de los pedazos grandes en la boca. La cocina huele a mantequilla y pimientos. También se siente en el aire el gusto de la canela mezclado con el calor de la tarde y la música. Ha preparado los macarrones y el pollo; mezclados, no separados. Los chicos odiaban que todo estuviera revuelto. Pero así es como a ella le gusta. Los chicos no están.

Tras tomar unos sorbos, vuelve a poner la botella verde en la nevera. Algunos dirían que eso arruina el sabor de una buena cerveza, pero a ella le gusta muy fría siempre. No soporta la cerveza caliente. Le gusta que la escarcha blanca rodee la botella como un halo celestial. A sus espaldas el grifo del agua gotea pues no la ha cerrado correctamente. Es una de esas cosas para las que se necesita un plomero. Su esposo ha prometido arreglarla, pero qué importa, con un poquito de presión se puede cerrar.

La música le parece linda, aún cuando no entienda la letra de las canciones. La comida se ve deliciosa y huele aún mejor. Del modo que a ella le gusta. Él regresará pronto a casa, dejando a su paso una hilera de artículos deportivos característicos de los sábados por la tarde. Y de nuevo estarán solos los dos, como estuvieron hace 30 años. Parece que hubiera sido ayer cuando hacían planes en una casa vacía. Hoy la casa está llena de las fotos de unos seres que crecieron en ella, pero que ya no están alrededor. Vacía entonces, y vacía ahora, pero igual llena.

Mientras saca otra vez la cerveza de la nevera, oye caer al suelo las cadenas del portón de metal y se asoma a la puerta sacando la mitad de su cuerpo al garaje. Ana, su hija mayor, está caminando hacia la puerta con cara de haber manejado por mucho rato y llorado otro tanto. Viste cómodamente y también está descalza; es una manía familiar.

— ¡Mami! — grita Ana mientras se arroja a los brazos de su madre, la cual en breves segundos se despide de su rol de solitaria y reasume automáticamente las funciones de madre, las cuales hacía
ya algún tiempo no tenía la oportunidad de ejercer.

— Hola, mami. Sé que no me esperabas. Sé que te extrañarán todas estas maletas y mi carro en la entrada de la casa. No tuve tiempo de llamarte. Es que no sabía qué hacer.

Ana siempre habla mucho. Y cree que su madre es un ser superdotado que puede entender todo de un vistazo. Le espera un monólogo que parece aprendido de memoria. Obviamente había  tenido casi seis horas de carretera abierta para ordenar su argumento.

Qué te puedo decir? Me botaron. Como de costumbre, la larga lista de situaciones increíbles en las que me he visto durante toda mi vida aumentó cuando me pasó lo que nunca pensé que iba a pasarme.

Su madre le extiende una cerveza mientras Ana se sienta sobre la fórmica del desayunador. Empieza a balancear las piernas en el aire con ese movimiento nervioso que la ataca siempre que está en apuros. Comienza a juguetear con el cuchillo y con un pedacito de apio que quedó en la tabla de picar.

"O sea, era de esperarse. El recorte de personal tenía que suceder. La fusión y la situación nacional, mundial y etcétera. Nada más tenía ocho meses de flamantes labores y ahora soy una más de los desempleados sobre calificados del país. Para terminar de ayudarme, Julio y yo terminamos; bueno, más bien él terminó conmigo. Supongo que sabías que estábamos saliendo, ¿no? Lo que pasa es que le salió una oportunidad que yo ni podía, ni debía cerrar. Tras considerarlo mucho decidí no pensarlo más. Y bueno, aquí me tienes. De vuelta en casa.

Ya sé que me voy a aburrir mami. No me regañes. Ya sé que después de tantos estudios y viajes no voy a encontrar retos suficientes aquí. Ya sé que me vas a decir que a mi edad y acostumbrada a la vida de la ciudad, estar aquí no va a llenar mis expectativas. Puede ser que mi talento se desperdicie. Aquí no hay chicos guapos. Ya se que me vas a decir que aquí no hay nada.

Sí, sí. Sé que estás feliz de que esté en casa, pero que estás triste por mí. Les encanta que esté en casa con ustedes, lo sé. No quiero ni pensar en lo que dirá la vecina “que por qué no me he casado, que cómo es posible que una niña como yo…que no se puede estar sola en la vida, que me va a dejar el tren; que ya es hora”.

Mami, si tú no me apoyas no me apoya nadie. Pero si lo piensas, estar aquí no es tan malo. Es un lugar precioso, lleno de posibilidades. Y siempre que me aburra voy a estar a escasas seis horas de la ciudad. Hey, al menos hay cuatro salas de cine. Hay pizzerías. La cervezas están a tres por dólar. Hay uno que otro almacén al que la moda llega, tarde, pero llega. Hay hasta un aeropuerto “internacional”. Las montañas están cerca y el aire es más puro. Hay un Mc Donald’s y supermercados 24 horas.

Las Cosmopolitan llegan religiosamente cada mes. Hay iglesias y universidades. Hay Internet y celulares. Venden Margarita Mix y Tequila, sangría preparada y queso Edam. Hay televisión por cable
y DVD. No hay Frentes Revolucionarios, ni pequeñas mafias de niños que te cuiden el carro por 25 centavos. No hay ni tranques, ni semáforos. No tenemos sindicatos beligerantes, ni mayores manifestaciones de descontento público. La razón: Sencilla. Los problemas no se originan aquí. No hay a quién reclamarle. No hay Presidente, ni legisladores, ni culpables. No hay una clase política
como tal, no hay pactos, ni novedades. La gente vive ajena a los grandes problemas del país. Y es que no les interesa porque a ellos tampoco les interesa la gente de acá. El efecto dominó de la política
nacional comienza y termina en el puente. Nos han olvidado y los hemos olvidado a ellos. Es como uno de esos matrimonios de años en donde marido y mujer ya no se conocen y se ignoran para no
tener que escucharse… pero que no podrían vivir si el otro no está allí.

Sé que va a ser difícil. Acá no hay salas de teatro. No hay ballet nacional. Hay solo una discoteca. No hay grandes librerías, ni cafés al aire libre. No se juega ajedrez en las calles.

Las universidades son pequeñas. Ni siquiera los burdeles tienen el glamour de los de ciudad capital. No hay almacenes alternativos, ni muchos sitios dónde hacerse tatuajes. La gente camina por el
parque de frente a la iglesia a las nueve de la mañana para ver a quién se encuentran, quién se ha muerto o cuál es la última comidilla del lugar. Se mueven todas las direcciones en búsqueda de
sus propios caminos. Cada ser humano, su historia, sus problemas y sus dichas se cruzan en un sitio en donde todos se conocen, pero no saben quiénes son.

Te cuento un secreto, mami. Tengo algunos proyectos.

Quiero ver si acá cumplo mi sueño. Quiero ver si acá puedo montar una pequeña librería. Sí mami, ya mis amigos me dijeron que voy a quebrar, porque el estudio de mercado indica que en un sitio como este la gente no se puede dar esos lujos. Que necesito crear riqueza. También las nuevas tendencias del control gerencial me dicen que debo hacer una planificación estratégica y realizar un costeo por actividades que me permitan proyectar en el tiempo y el espacio para optimizar ganancias con la menor cantidad de recursos. Pero será que nuestro nivel de vida no nos permite tener ideas propias? ¿Será que en esta parte del país no puede entrar la cultura?

Si así fuera, todo me indica que lo mejor que puedo hacer es poner un venta de frituras en el mercado, como la señora Nachita. (Sin menospreciar las frituras de la señora Nachita que son un éxito total y que han provisto de casa, vestido, alimento y estudios a sus siete hijos).

La ciudad es grande y yo siempre me siento sola. Aun cuando haya mucha gente. No quiero volver a estar sola en esa ciudad. Allá hay que maximizar sus posibilidades a fin de convertirte en la super-mujer. Y si el tiempo te sobra, te sientes mal, te sientes en deuda, te sientes improductiva. ¿A qué se va reduciendo este círculo?: A un vivir sin felicidad, sin puerto, sin brújula. A un atesorar para no tener. A un luchar por parecer y encajar.

Con ustedes el tiempo me sobraría. Sí, está bien, no tendría tanto dinero y las metas… bueno, las metas dependen del discurso que se maneje en el momento en el mundo. Sí, sí, por discurso quiero decir filosofía. Ya que no hay a dónde ir, no se llega a ningún lado.

Los paraísos de la tierra tienen la habilidad de aburrirte pronto. Allá a la gente se le nubla la realidad; se les acaba el horizonte y sólo se quejan de la vida que no tienen. Pero vamos mami, yo no soy como toda la gente.

Sí ya sé que no necesito todo este montón de cosas; no tienes

que decir nada, conozco esa mirada, mami. Que ésta siempre será mi casa. Sí, sí. Sé que siempre estarán orgullosos de mí. Disculpa que llore, mami. Tú sabes cuánto quería ser autosuficiente. No te preocupes, yo puedo con las maletas. ¿Qué estás cocinando mami? No sé por qué nunca aprendí a cocinar tan rico como tú. Tampoco aprendí a coser ni a dar pésames. Quizás los estudios no te enseñan a vivir. Estoy cansada mami.

Aún está mi cama en el cuarto verdad? Gracias a Dios que no lo has convertido en un estudio. Aún están mis cositas en donde las dejé, ¿no es así? Mamá, eres increíble. ¿Te he dicho últimamente cuánto te quiero?...

Claro que la había tentado la idea de convertir el cuarto de Ana en un costurero, o en un cuarto de desahogo para colocar los trofeos y los artículos deportivos de su esposo. Definitivamente quiere opinar sobre sus decisiones descabelladas y sus proyectos inacabados. Su autoridad de madre se lo permite. Al mirar a su hija, siente la emoción de verse a sí misma frente a un espejo, pero al mismo tiempo de estar ante una historia distinta. Mientras le habla, le llora y le suplica comprensión y paciencia, Ana va dejando sus huellas en el piso recién encerado del mismo modo que su padre
lo hará en algunos momentos más. Es inevitable. Seguramente él también va a estar muy feliz de tenerla de vuelta, aunque ambos sepan que no será por mucho tiempo.

Su madre la abraza fuertemente y piensa que habría sidobueno también tener los macarrones y el pollo separados, como les gusta a los chicos.